Intuición, impresión y sentido
- Galería LB
- 11 may
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Presencias y ausencias, memorias y huellas, tiempo, figuras y percepción en la obra de Montse Gómez Osuna
“Así las ideas, las imágenes, trémulas de expresión, pasan por mí en cortejos sonoros de sedas esfumadas, donde una claridad lunar de idea oscila, abatida y confusa”
Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego
“Es preciso que nos acostumbremos a pensar que todo lo visible está tallado en lo tangible, todo ser táctil está prometido en cierto modo a la visibilidad, y que hay, no sólo entre lo tocado y lo tocante, sino también entre lo tangible y lo visible que está incrustado en él, un encaje, un encabalgamiento”
Maurice Merleau-Ponty, “Lo Visible y lo Invisible”
Ver pintura siempre es una experiencia fenomenológica, ya que obliga a quienes la contemplan a reconsiderar la experiencia de las estructuras conscientes, pues en última instancia aspira, la pintura, a ser una ciencia no únicamente de lo sensible, e igualmente también como una posible y deseable “ciencia de las esencias” en su afán por descubrir (o des-velar) la conciencia intelectual de los objetos físicos. Y en última y decisiva apreciación toda experiencia pictórica es fenomenológica porque es una demostración de cuerpo y gesto, visibilidad y espacio, aparición y forma, intencionalidad sensorial y demostración, en definitiva, de una manera de ser en el mundo: la intuición pura de lo que hace que algo sea lo que es.
En el extenso poema El Cristo de Velázquez, de Miguel de Unamuno, nos encontramos con un verso tan bello como profundo y misterioso –“…nuestros ojos, las manos del espíritu”-, el cual me permite y facilita la presentación, a modo de obertura, de esta exposición de Montse Gómez Osuna, la cual está integrada por una serie de pinturas, en técnica mixta sobre tabla, junto a una selección de esculturas realizadas en barro y posteriormente pintadas (pero sobre todo activadas, volveremos sobre ello enseguida). Ahora bien, y esta singularidad es muy importante, pues tanto las pinturas como las esculturas, lejos de refugiarse en sus respectivos campos de acción práctica y demostrativa, establecen entre ellas una dialéctica de mutua comprensión y acompañamiento, como si las esculturas hubieran saltado del plano pictórico, su lugar de origen por así decir y podemos constatar, para iniciar una nueva ilusión, ahora ya tridimensional, con respecto a su vernácula estampa pintada, y con ello una activación práctica con no poco de proceso que es tan intelectual como sensual, y que va mucho más allá de la dimensión física y objetual de su forma y presencia.
Y en este punto volvemos al verso unamuniano, pues las pinturas exigen de nuestros ojos, de nuestra mirada, ver la fisicidad que solo pueden ofrecernos las manos con que han sido realizadas las esculturas, con la rotunda afirmación de unas extremidades, las manos, que únicamente pueden ser operativas cuando, paradójicamente, surgen de una realidad abstracta (mejor: virtual) que Unamuno califica como propias del Espíritu. Digamos que tanto en las pinturas como en las esculturas asistimos a una re-consideración de sus respectivas funciones, pero manteniendo siempre la necesidad de intercambiar recursos formales (los físicos y matéricos propios de las esculturas realizadas con el barro trabajado con dedos y manos), acompañando a las estrategias conceptuales (es decir, las herramientas intelectuales y virtuales) con que han sido creadas las pinturas. Así pues, las pinturas son profundamente conceptuales, aunque nuestra percepción nos diga lo contrario pues contemplamos universos reconocibles, mientras que en las esculturas esa misma percepción nos traslada a una realidad abstracta, como si las manos, finalmente, se hubieran convertido en extensiones del Espíritu.
Las obras que componen esta exposición de Montse Gómez Osuna están casi igualadas en cuanto a cantidad y calidad. Las pinturas, en técnica mixta sobre tabla como ya hemos apuntado, es un medio, técnica y soporte, que la artista trabaja y cuida con excelentes resultados desde antiguo, mientras las esculturas/cerámicas son mucho más recientes en su trabajo y con el tiempo van adquiriendo un protagonismo importante en su decir/hacer artístico. Estas, las esculturas, se manifiestan en una doble representación: en su dimensión objetual y física, naturalmente, pero también las contemplamos y “leemos” en el plano pictórico. Como elementos trasplantados, podríamos decir, manteniendo la misma tensión entre la pintura y el objeto en un mismo plano de representación, que unidos estructuran una ilusión que sin ser “figurativa” se acerca a una cualidad más cercana a una narración de lo posible, o lo reconocible. Entonces, podemos perfectamente afirmar que tanto las pinturas como las cerámicas están unidas por la voluntad de la artista en con-figurar una posible naturaleza de las cosas. Es decir, espacios de significación, territorios de reconocimiento visual e intelectual, ilusionismos de ambigua y compleja percepción.

En una pintura “abstracta” o “informal” hay tantas huellas y rastros “figurativos” como pensamientos y reflexiones “abstractas”; visibles y significadas las primeras, invisibles y organizadores de sentido irreconocible los segundos. Esta consideración está siempre presente en las obras, sean pinturas o esculturas, que ahora podemos contemplar de Montse Gómez Osuna. De alguna manera ello obliga a una consideración “en abismo” no tanto de la producción artística que se comenta, como de tu propia posición, como espectador, ante lo observado. En definitiva, hay que asumir un cierto vértigo de tu propio pensamiento y escritura. O si se prefiere: re-inscribirte a ti mismo en la extraña cadencia temporal a la que te obliga la misma contemplación de las obras. Pues tanto las pinturas como las esculturas son naturalezas expandidas, land-art pictóricos, o earth art en el barro germinativo de las esculturas.
Probablemente la sutil y en ocasiones indiscernible diferencia entre abstracción y figuración en la obra de Montse Gómez Osuna, y contemplada esta oposición como una estrategia defensiva de sus principales rasgos de reconocimiento, no vendría determinada (o no siempre) por los dogmas estéticos inherentes y participativos en el discurrir poético y presencial de sus respectivos universos, pero sí por la relación y el compromiso que ambos territorios de diverso significado interpretativo mantienen con el Tiempo en tanto que “hacedor” invisible de lo creado. En realidad, sería un tiempo alegórico, pues la alegoría es otra importantísima cualidad o condición en la obra de nuestra artista. La compleja y muy sugerente dimensión alegórica que comprobamos en muchas de estas pinturas y esculturas se resuelve, o nos es presentada, en elegantes desplazamientos semánticos, en refinados juegos de apariencia y presencia, en destellos de una posible figuración que únicamente el espectador puede y debe completar o formalizar. Debido a este peculiar e inteligente equilibrio entre fuerzas antagónicas, este universo de formas se desprende de sí mismo para conseguir una autonomía de significados, pero sobre todo para que el Signo no devore al Ser, haciendo un uso descarado de un bello e inteligente verso de Octavio Paz. Y con ello una demostración muy efectiva y profunda de cómo puede ser tratado lo humano (y lo real que ocupa), sin por ello recurrir a ninguna escritura artística de fácil reconocimiento impresionista, ni tampoco a los falsamente acomodaticios juegos de querer usar muchas lenguas y no hablar bien ni siquiera la propia. El horizonte alegórico de estas obras de Montse Gómez Osuna, la tan abstracta como figurativa ilusión de su real presencia (que a su vez también es el enigma de su visibilidad, cualidad pictórica por excelencia), se desplaza móvil e incesante como el cañón de luz que proyecta un reflector para iluminar las teselas de un bellísimo mosaico.
Luis Francisco Pérez
Madrid, abril 2026



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