top of page

Matisse: 1941 - 1954

Actualizado: 28 abr

Edward Said, en On Late Style (Sobre el estilo tardío), analiza cómo ciertos artistas —Beethoven, Adorno, Genet— desarrollan un estilo propio y radical en la última etapa de sus vidas, en abierta oposición al pensamiento entonces dominante, heredado de Goethe, según el cual las obras tardías no eran sino el reflejo del declive del propio artista: una síntesis conciliadora que cerraba el círculo de toda una trayectoria. Said lo invierte: el artista tardío no cede ni suaviza su lenguaje, sino que se vuelve más exigente, menos dispuesto a pactar con el público. 


Pocos ejemplos ilustran esta idea con tanta fuerza como Henri Matisse. «Espero que, por muchos años que vivamos, muramos jóvenes», dijo el artista francés en 1950, a los 80 años. Aunque viviría cuatro años más, llevaba ya casi una década sintiendo que habitaba una segunda vida: desde que estuvo a punto de morir durante una operación de cáncer intestinal en 1941, algo en él se había abierto hacia un período de profundo crecimiento creativo. 


Es precisamente esta época de la obra de Matisse la que se exhibe de forma brillante e impresionante en Matisse: 1941–1954, una colaboración entre el Centro Pompidou —cuya sede parisina permanece cerrada por reformas hasta 2030— y el Grand Palais, donde la exposición puede visitarse hasta el 26 de julio. Más de 300 obras reunidas de todo el mundo, algunas expuestas por primera vez, demuestran la amplitud de un maestro que trascendió con creces sus pinturas más conocidas: dibujos innovadores, recortes de gouache, libros ilustrados, textiles, vidrieras. Y, sobre todo, la exposición desmonta la concepción convencional de la etapa final de cualquier artista como declive inevitable. Aquí no hay declive. Hay florecimiento, impulso incansable por experimentar con nuevos medios y una sencillez radical que solo una vida entera dedicada a la creación podría alcanzar. Los primeros años de la década de 1940 fueron un período difícil para Matisse por razones ajenas a su enfermedad personal. Cuando los nazis invadieron Francia en junio de 1940, el artista se encontraba de visita en París, pero rápidamente regresó a su hogar en el sur de Francia, que en aquel entonces aún era una zona libre.



Permaneció en la pintoresca ciudad costera de Niza hasta 1943, cuando la inminente amenaza alemana lo obligó a desplazarse hacia el norte, a las montañas, donde encontró refugio en una villa alquilada llamada Le Rêve, «el sueño». 


Rodeado de una exuberante vegetación y una luz que le recordaba a Matisse un viaje anterior e influyente a Tahití, las cosas aún no iban bien: en la primavera de 1944, la Gestapo arrestó a su esposa, Amélie, y a su hija, Marguerite, por actos de resistencia. Amélie fue encarcelada durante seis meses, y Marguerite fue torturada y deportada. 


Matisse, a quien los nazis habían clasificado como un "artista degenerado", se negó a exponer su obra durante la guerra, pero también se negó a abandonar Francia, una decisión que, según él, supondría un abandono del país y de su futuro. 


En 1948, las paredes de su estudio en Le Rêve estaban ya cubiertas de collages de gouache de distintos tamaños —a veces enormes—, con imágenes que evocaban el mundo natural: hojas de palmera, coral, pájaros, peces, estrellas, el sol. Para Matisse, el estudio era un lugar de productividad incesante. Lo llamaba «la fábrica» —¡que se muera de envidia Andy Warhol!—. Una película poco común de 1951 lo muestra usando grandes tijeras de costura para recortar formas de papel de colores con movimientos fluidos e instintivos, como pinceladas o trazos de lápiz: una extensión natural, casi inevitable, de su trabajo en otros medios. Para aquellos que no lo sepan, recordaré que estaba impedido en una silla de ruedas, No se imaginan cuánto, durante la época de los recortes, dijo el artista en 1952, la sensación de volar que se desató en mí me ayudó a perfeccionar el movimiento de mi mano al guiar el recorrido de mis tijeras. Esta cita aparece en uno de los últimos espacios de la exposición, y resulta perfecta: porque eso es exactamente lo que se siente al recorrerlo. Una sensación de vuelo. Una serie de deslumbrantes líneas visuales en las que una obra grande y brillante conduce a la siguiente, y a la siguiente, sin que nada —ni la edad, ni la enfermedad, ni la muerte cercana— parezca haber podido detenerlo. 

 
 
 

Comentarios


bottom of page