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Pablo Sycet
"La presencia del negro"

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"La presencia del negro"

El motor emocional que puso en marcha esta exposición arrancó en 2023, cuando escribí:

Justamente el mismo día que visité por primera vez la sede de la Galería La Moderna y, como un feliz guiño del destino, encontré en el suelo el precioso diseño del mosaico que en su día fue la imagen de marca del gran almacén de locería que desarrolló su actividad en ese local hasta que, tras el triunfo de la Revolución en 1959, se convirtió en unas dependencias para aprovisionamiento del ejército, antes de convertirse en espacio para el arte con el mismo nombre y el logotipo de origen, su magia me cautivó.

 

A partir de ese gesto, quedé seducido por la oscura historia que estaba detrás de ese hermoso y eficaz emblema empresarial, y decidí crear una fantasía en clave pictórica para, de esta manera, recuperar el recuerdo de aquella primera actividad y ejecutar una serie de pinturas sobre papel y con fondo negro, unas obras que iconográficamente remiten a todos los utensilios del hogar que ocuparon el gran almacén de La Moderna desde 1953, que es justamente el año de mi nacimiento al sur del Sur de la península ibérica.

A lo largo de medio siglo, durante toda mi trayectoria de pintor, he venido ejecutando todas mis obras sobre lienzos o papeles blancos no sólo por la fuerza pura de la tradición, sino porque su desnudez y la sensación inicial de vértigo ejercían un rol como de íntimo desafío. Pero justa 21 mente por tener presente la historia del espacio en que se van a mostrar por primera vez, en el momento de empezar el proceso y ejecutar estas pinturas se instaló entre mis sienes unas palabras de Julio Juste, mi compañero de taller durante más de tres décadas, en las que sentenciaba que un pintor no puede tener garantías de serlo plenamente mientras no se enfrente a la contundencia irremediable del color negro.

 

De ahí, y de mi añoranza de Cuba en la distancia, surgió en la soledad de mi taller la imperiosa necesidad de que el negro se impusiera como el color de fondo de aquella serie de pinturas, y para hacer realidad esta operación usé un bote de gesso que heredé de Julio Juste tras su muerte, por deseo expreso de su familia, y con él fui manchando todos los papeles con una pulsión animal que trascendía el gesso desbordado de mi muñeca, a modo de corolario.

 

Posteriormente, durante mis reiterados viajes a La Habana de estos últimos años entraron en danza las historias que acreditan la visita a la isla de Federico García Lorca, en donde escribió su poema Son de negros en Cuba, durante su viaje desde Santiago hasta La Habana, cuya versión autógrafa llena de tachaduras me cautivó y me permitió hacer otras lecturas más heterodoxas del texto, y finalmente crear un políptico a partir de uno de sus versos –“en un coche de agua negra”– en el que incluí el propio poema autógrafo.

 

Y finalmente, para tender puentes emocionales entre tiempos tan distintos y acercar mi mirada, se me impuso el recuerdo de la serie de pinturas en las que trabajó José Guerrero, al que tanto debe mi sentido del color, en el tránsito entre los años 50 y los 60, que presentó con el título The Presence of Black en Nueva York y supuso su integración en el expresionismo abstracto, y en la escena artística americana. 22

 

En La presencia del negro se recuperan algunas de las pinturas de aquella primera serie cubana en la que se me impuso por primera vez esta necesidad postrera de enfrentarme al color que los condensa a todos, y llega hasta las más recientes ejecutadas en 2026.

 

Pero detrás de la razón última y definitiva de la presencia del negro en mis últimos trabajos está en unas declaraciones –cito de memoria– de Julio Juste, mi amigo y compañero de taller y múltiples proyectos durante más de 3 décadas, a un canal de televisión local, realizadas en la víspera de su muerte, en octubre de 2017: “Un pintor no se enfrenta a su verdad última, no se consolida, hasta que no se enfrenta a la densa contundencia del color negro”.

 

Por tanto, esta mezcolanza de experiencias sensibles que une en el mismo tiempo y lugar la definitiva asunción del negro, tan ausente de mi paleta durante décadas pese al magisterio de Guerrero, se revela como un verdadero símbolo, y ya se me impone como una sentencia de este último tramo de mi vida.

 

Pablo Sycet Torres

Madrid, verano de 2026.

 

Pablo Sycet, imágenes y palabras

He escogido este título –Imágenes y Palabras– para referirme a la obra pictórica de Pablo Sycet por dos razones: la primera porque en 2017 publicó un librito titulado Andalucía, imagen y palabra – Diálogos entre las artes y las letras andaluzas a caballo entre dos siglos (1917-2017); la segunda porque, en mi caso, desde que en 1964 me inicié en la poesía experimental (concreta, semiótica, visual, de acción, pública…), la alianza entre imágenes y palabras fue esencial, como se puede ver en el catálogo de la exposición que hice en el MNCARS en 2020. De hecho, la primera gran exposición de poesía experimental que organicé se pudo ver, en la primavera de 1966, en la más importante galería de arte de la época que había en Madrid, la galería Juana Mordó, que se encontraba en la calle Villanueva (y que ahora, por cierto, es una tienda de tapices y alfombras). El año 1972, mi participación en los Encuentros de Pamplona y mi retiro –poético retiro– en el campo de la isla de Ibiza, fueron la culminación de ese experimentalismo en el que combiné poesía, pintura, arquitectura…, y el inicio de mi interés por la pintura figurativa, dentro de la cual, pero de forma más personal que canónica, se puede encuadrar la de Pablo Sycet, lo que no le impide acercarse a menudo al expresionismo abstracto.

 

Fue entonces, en los inicios de los años setenta, cuando empecé a relacionarme con el arquitecto, pintor, poeta y músico Javier Utray, conocí a los pintores Guillermo Pérez Villalta, Carlos Durán y Chema Cobo, además de seguir tratando a mis viejos amigos Mano 9 lo Quejido y Herminio Molero, a los que había conocido en 1963. Aunque se trataba de una modalidad artística –llamada Nueva Figuración– que se hizo sobre todo presente en Madrid, estaba estrechamente vinculada a Andalucía, sobre todo a Málaga, Cádiz y Sevilla. Es en ese paisaje estético-urbano donde conocí a Pablo Sycet, no solo como pintor destacado, sino también –y para mí de forma especial– como profundo conocedor de variadas tendencias artísticas y, entre ellas, de tendencias artísticas del arte figurativo-rupturista que se abrió camino en los años setenta, se dio a conocer en galerías como Amadís, Seiquer, Sen, Vandrés, Vijande, etc. y empezó a gozar (o sufrir) de un considerable protagonismo cultural en los ochenta.

Uno de los rasgos que más me llama la atención en la obra de Pablo Sycet es, justamente, la alianza que en ella hay entre pintura y poesía, entre imagen y palabra. No son pocas los cuadros en los que alguna letra forma parte de la composición pictórica, como, por ejemplo, en Como humo se me va, una n situada en el ángulo inferior derecho del cuadro parece observar y querer intervenir en el cuenco del que surge un ondulante humo blanco, que llega hasta el límite superior del cuadro y está acompañado de una palmera. Lo que nos lleva a otro de los temas preferidos del artista: el Jardín. Se trata de jardines florecientes de colores y de insinuaciones poéticas, como se ve en Alfabeto amoroso (2022) y en El patio de su casa (2022), donde las letras (ne) brotan de un tiesto y se acercan a un damero a fin de que el espectador contemple un juego misterioso y colorista. Palmeras, corazones, torres, naipes se combinan con llamas… Y se conjuntan con el ya mencionado Alfabeto amoroso (2022), cuadro en el que el corazón viene a ser la encendida flor que brota de una rama-letra.

Sycet conoce muy bien a poetas visuales de los años sesenta y setenta y, también obviamente, a artistas de la generación inmediatamente anterior a la suya, que, de llamarse La Nueva Figuración Madrileña, pasó a denominarse Esquizos. Pienso en artistas como Guillermo Pérez Villalta, Carlos Alcolea, Manolo Quejido, Herminio Molero, Javier Utray, Carlos Franco, Chema Cobo…Sycet se diferencia de los que acabo de mencionar en que su pintura es, por un lado, de un colorismo o cromatismo más evanescente, digo, más de jardín que de arquitectura, más de tachismo que de geometrismo, más de expresionismo que de mero realismo, y, por otro, por el culto que rinde a la negrura, a lo que está más allá del color por integrarlos a todos. Llama la atención que Pablo Sycet llegase a conocer tan a fondo la obra de esos y otros artistas y que ese conocimiento y su pasión por lo ne gro le llevase, hace un par de años, a huir a Egipto –país de fantásticas tumbas milenarias–, como se ve en la serie de cuadros que bautizó con el nombre de La huida a Egipto. Para esa exposición escribió un texto, del que transcribiré el primer párrafo, pues refleja muy bien la personalidad estética (pictórica y poética) de Pablo Sycet. Ese párrafo dice así:

La huida a Egipto es una pequeña muestra de pinturas sobre papel presentada el pasado mes de abril en El Cairo como un episodio más de un viaje a ese país que ha inspirado tantas ensoñaciones de pintores y escritores a lo largo de los siglos. Y aunque fue una pura obvie dad, es también un guiño feliz a la Historia del Arte, con mayúsculas, porque ha sido un tema muy socorrido como pasaje bíblico cuando los únicos mecenas y coleccionistas eran los Papas, los Reyes y los nobles de su Corte, pero también un motivo recurrente para artistas con la fe necesaria en lo que pueden enseñar las Sagradas Escrituras en tiempos más cercanos a nosotros porque, como toda la iconografía religiosa transmitida a través de los siglos, tiene un público que siempre la valora y la adquiere”

Al reflexionar sobre el pensamiento estético de Pablo Sycet yo subrayaría estos conceptos: viaje, ensoñaciones, Historia del Arte, mecenas, coleccionistas, la fe, las Sagradas Escrituras... La huida a Egipto es, creo, para Pablo Sycet el trámite que hay que resolver para, finalmente, arribar a la Tierra Prometida. Es ahí donde se halla la obra artística de Pablo Sycet. Una obra que nos pone delante de los ojos un Jardín Secreto y Nocturno que solo se revela a unos pocos contempla dores. Ahora, al volver a contemplar ese cuadro, en vez de titular este escrito Imágenes y palabras, debería haberlo llamado El Jardín Secreto y Nocturno de Pablo Sycet o, tal vez, Su huida nocturna a Egipto. De 12 algún modo Pablo Sycet ve su pintura como una huida. Como la huida de una realidad empobrecida a la que hay que enriquecer viajando estética y oníricamente por el mundo hasta hacer de la vida una obra de arte sin por ello darla nunca por concluida. De ahí que cada cuadro de Pablo Sycet sea una invitación a seguir recorriendo su pintura, pues su pintura es un viaje, un querer ir más allá. Más allá de la palabra y más allá también de la imagen y del color. Justamente, el culto que el artista rinde a la palabra y a las letras, o sea, a la escritura, como se ve en Un coche de agua negra (2026) o en Son de negro (2026), hace que a menudo, sobre todo en sus cuadros más recientes, palabras, y letras se destaquen sobre fondos oscuros, negros, nocturnos. Es como si nos quisiese decir que la Letra nace y entra en la Vida gracias a la Noche,

Ignacio Gómez de Liaño

 

 

 

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